Por qué ya nadie va al cine

Hoy ya nadie va al cine.

Este Jueves 25 de Abril de 2019 se estrenó Acá y Acullá (Hernán Khourian, 2018) en la Sala 3 del Cine Gaumont Espacio INCAA como parte de los requisitos por los que hubo recibido una ayuda estatal para su realización.

Sin embargo, la película es eminentemente Videográfica. Hernán viene de una formación en Artes Audiovisuales forjada en la computadora y la pantalla de televisión. El único propósito que puede tener una proyección es el de convocar espectadores nuevos o abrirles a algún debate. Lo cierto es que esto no ocurre. Nadie va al cine a debatir ni encontrarse con alguien que hace mucho no ve. Ni a saludarse, ni mucho menos a intercambiar comentarios o posiciones sobre un tema. Solo se continúa yendo al cine por costumbre. Una costumbre heredada, porque ya nadie iba al cine en nuestra generación.

Si nadie va al cine. Si la proyección no convoca ni moviliza. ¿Por qué insistir con esa práctica anacrónica? Primero es que hay una cantidad de espectadores profesionales que trabajan de ir a ver películas al cine que insisten en mantener el comentario sobre el rito. Luego hay también una pequeña corporación de salas de cine que se resiste a desaparecer. Por último, ya nadie va al cine pero existe el relato de lo lindo que era ir al cine. Cosa que nadie hace, pero que añoramos.

El cine está más presente que nunca. Se tiene acceso masivo a lo que llamamos audiovisual y se suele ver en pequeños dispositivos prácticamente en todos los medios de transporte público de las ciudades modernas. El viaje promedio de una hora desde cualquier punto de la ciudad a otro lo convierte en una oportunidad para ver una película en dos momentos (una parte a la ida y otra a la vuelta). Una fragmentación mucho menor que aquella a la que nos tenía acostumbrados la televisión lineal programada con sus tandas publicitarias de 5 minutos cada rollo (unas 7 tandas por largometraje: media hora que obligaba a la monoforma de las películas de 90 minutos que redondeen las dos horas televisivas).-

Otro espacio para ver películas son los ciclos, cine clubes y festivales y demás reductos de la cinefilia. Sin embargo esos existieron desde siempre y especialmente durante los años 60 y 70 donde se deseaba ver otro cine de manera comunitaria en sindicatos, galerías de arte y clubes de cine.

En los ochenta los clubes de video llevaron el cine a los hogares de manera masiva. Y esto concentró la reproducción audiovisual en los electrodomésticos. Hoy todo el cine se ve a través de un electrodoméstico y el estándar de distribución es la pantalla de teléfono celular o tablet.

El cine hecho en casa por realizadores como Hernán Khourian no está pensado para ser visto en una sala de cine (representación institucional que lleva 35 años de crisis). Y eso alimenta el circulo de no ir al cine: ir al cine es algo molesto porque las películas ya no están hechas para ser vistas en un cine. Para ser claro, una película independiente se hace íntegramente en pequeñas pantallas y nunca se ve proyectada con público hasta posiblemente una función de prensa en una pequeña sala digital para no mas de 45 butacas.

Las películas han superado a la sala de cine y existen 100% por fuera de él: principalmente en Youtube (que es el nuevo VHS) y en alguna forma de resumen o meme fragmentado en una red social cualquiera. Hoy es posible sentarse en un sillón y ver cualquier película del mundo, de cualquier época con solo conocer su nombre y saber como acceder a un link de streaming o descarga.  Más aún, como el cine es un lenguaje, quienes vemos cine para ver cine y no tanto para ver películas siquiera necesitamos que existan los subtítulos o el doblaje a inglés, mandarín o castellano (por citar los tres grandes idiomas del mundo contemporáneo); solamente con ver la película podemos disfrutar de ella, sin entender de que se habla. Como aquella anécdota en la que Fellini filmaba pidiendo a los actores que entonen números durante el rodaje para luego doblar los diálogos cuando los tuviera listos.-

Es hermoso ver películas en las condiciones óptimas de proyección. Las que hoy son: en el living de una casa junto con amigues, en una habitación de un Museo, Galería o Casa de la Cultura, en la comodidad de un colectivo de larga distancia durante un viaje nocturno a Buenos Aires o en un Vuelo lo suficientemente largo.

Como también reconocer y recrear las maneras de ver cine de otras épocas sería importante. Por ejemplo: en Buenos Aires ya no tenemos ninguna sala de cine en óptimas condiciones para ver películas como a principio de los ochenta o como se veían en la década del 40 durante la época de oro del cine de estudios y el consumo de cine en grandes teatros. No existe ni física ni técnicamente una Sala de Cine así en toda la ciudad. Tal vez el Cine Metro frente al obelisco fue la última Gran Sala de Cine que cerró en 2005, el Atlas Santa Fe hasta 2010 y el Grand Splendid es ahora una librería.-

Así que incluso lo que hoy llamamos Sala de Cine tampoco lo es en el sentido que lo tuvo en el período de oro del cine de estudios y tampoco en su decadencia. Lo que realmente añoramos ahora que ya nadie va al cine es al multicine de los noventa. Nuestra nostalgia es la de una sala pequeña y ruidosa, en un lugar con los cánones de lujo de la pequeña burguesía estadounidense grasa y un olor a perfume de vainilla mezclado con lociones fuertes de señoras con tarjetas gold internacional. El cine que queremos recrear en salas como la del Malba, la Lugones o la del Museo del Cine es aquella sala pequeña de multiplex en la que disfrutamos de tantos clásicos que habíamos visto muy mal en VHS copia de copia y de aquellos estrenos indi 35mm que tan bien nos habían hecho de jóvenes.

No tiene sentido alguno ir a ver Acá y Acullá al cine Gaumont sencillamente porque no es una película pensada para ser proyectada en una sala. Siquiera Las Sábanas de Norberto tiene sentido en un cine (siendo la más institucional del cine de Hernán Khourian por ser su tesis de maestría en documental de la Pompeu Fabra). No hay razón para ir al cine a ver ninguno de los estrenos ni mucho menos a ver documentales hechos en base a entrevistas. No tiene ninguna razón someter a un film a durar más de 60 minutos para ser considerado largometraje, cuando su duración exacta hubiese sido alrededor de los 48. No le hace ningún favor al audiovisual una estructura estatal rígida que alimente la fantasía de cine.

Necesitamos fomento a la producción audiovisual como bien cultural humano y celebración de ello sin artificio. Sin medidas artificiales de tiempo, de estreno, de circulación. Porque ya no existe. Ya los críticos no ven las películas o las ven en funciones privadas o en un link en sus computadoras. Ya los espectadores no van al cine, ven las películas en sus casas, en ciclos programados en bares (pienso en Hasta Trilce) o en asociaciones civiles o en un link en sus electrodomésticos.

Incluso aquello que se llama Industria del Cine en argentina tampoco es tal. El trabajo en cine, publicidad y televisión es altamente precarizado, las personas son sometidas a jornadas larguísimas con un placer morboso, los dueños de las empresas son cínicos, pagan tarde, no hay continuidad laboral en un sentido industrial del término. Las personas que trabajan en audiovisual no se jubilan, no tienen estabilidad laboral y en general no poseen buena cobertura médica ni asistencia en caso de enfermedad de ellas o de familiares directos. Participar en el mágico mundo del cine y la televisión es horrible para sus trabajadores. Cualquier empresa en otro rubro debe sostener un grupo de trabajo en el tiempo y responsabilizarse por sus empleades; en cambio en cine y televisión se premia a empresas que de un día para otro se embarcan en proyectos quijotescos y luego dejan a decenas de personas sin cobrar de un día para el otro. El modelo de pequeñas productoras que subsisten a través de proyectos chicos de cine y televisión tienen cinco empleados como mucho y el resto se contratan por producciones que duran como mucho tres meses. Para que se dimensione realmente a lo que llamamos industria no da más trabajo real que un negocio grande: un supermercado, una quiniela, un bazar, una ferretería, un bar; en el mejor de los casos un estudio de arquitectura o un sello de música popular.- Piensen entregar el Martín Fierro y el Cóndor de Plata a las trabajadores precarizados de ferreterías y bazares de buenos aires. Un horror. :P

El Jueves pasado la representación fue más burda aún. Había en un costado de la Sala Gaumont unos televisores de led con una gráfica espantosa y unas luces donde una chica sola con su teléfono celular le hacía esta nota a Hernán …

El escenario era perfecto para una especie de epifenómeno cinematográfico que debía incluir también un cóctel y unos sanguchitos según nos informaba un simpático personal de seguridad privada que llevaba 10 horas de trabajo y cuyo horizonte de terminar el día con una vernissage se alejaba cada vez más. Como un cumpleaños de 15 o un viaje de egresados se creó una especie de representación para directores pobres de lo que sería el estreno de un film y su lanzamiento comercial. Una mirada totalmente obtusa sobre el cine, su fomento y su significación cultural y artística en el año 2019.

Por suerte nadie lee este blog y estos delirios que aquí escribo no son más que el diario trasnochado de un empleado municipal mediocre. Sino diría que este 10 de diciembre de 2019 debemos comenzar no solamente por recuperar el Ministerio de Cultura sino por trabajar seriamente para rever la idea de fomento al audiovisual. Pensando en construir nuevos vínculos entre las personas que hacen cine y su público, algo como son los Festivales de Cine Independiente en todo el país y que ahora están tan desprestigiados y sin recursos que deben disfrazarse dentro de trajes de animales para sobrevivir.

:)

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